16/1/2013

Vientos de Invierno - Adelanto II (CAPITULO)

Publicado por B SE en 1/16/2013


ARIANNE

La mañana en que dejó los Jardines del Agua, su padre se levantó 

de la silla para besarla en ambas mejillas. —El destino de Dorne 
va contigo, hija—, le dijo, mientras apretaba el pergamino contra 
su mano.  —Viaja rápida, viaja segura, sé mis ojos y oídos y 
voz… pero por encima de todo, ten cuidado.
—Lo haré, Padre—. No derramó una lágrima. Arianne Martell 
era una princesa de Dorne, y los dornienses no malgastaban el 
agua a la ligera.  Aunque estuvo cerca de hacerlo. No eran los 
besos de su padre ni sus entrecortadas palabras lo que hacían que 
sus ojos se humedeciesen, sino el esfuerzo que le había llevado a 
estar sobre sus pies, sus piernas temblando bajo él, sus 
articulaciones hinchadas e inflamadas a causa de la gota. 
Mantenerse en pie era un acto de amor. Mantenerse en pie era un 
acto de fe.
«Cree en mí. No le fallaré.»

Los siete partieron juntos en siete monturas de arena dornienses. 
Un pequeño grupo viaja más rápido que uno mayor, pero el 
heredero de Dorne no cabalga solo. De Bondadivina vino Ser 
Daemon Arena, el bastardo;  antes escudero de Oberyn, ahora 
escudo juramentado de Arianne. De Lanza del Sol dos valientes y 
jóvenes caballeros, Joss Hood y Garibald Shells, para unir sus 
espadas a la suya. De los Jardines del Agua siete cuervos y un alto 
mozo para cuidarlos. Su nombre era Nate, pero había estado 
trabajando con los pájaros tanto tiempo que todo el mundo le 
llamaba Plumas. Y puesto que una princesa debe tener algunas 
mujeres que la asistan, su compañía también incluía a la bella 
Jayne Ladybright y a la salvaje Elia Arena, una muchacha de 
catorce años.
Partieron dirección noroeste, a través de estepas, secas llanuras y 
pálidas arenas hacia Colina Fantasma, la fortaleza de la Casa 
Toland, donde el navío que les llevaría a través del Mar de Dorne 
les aguardaba. —Envía un cuervo siempre que tengas noticias—
le había dicho el Príncipe Doran, —pero informa sólo de lo que
sepas que es cierto. Estamos perdidos en la niebla, asediados por 
rumores, falsedades, y cuentos de viajeros. No me  atreveré a 
actuar hasta que sepa a ciencia cierta qué está ocurriendo.
«La guerra está ocurriendo», pensó Arianne, y esta vez Dorne no 
se librará de ella.  —La perdición y la muerte se acercan— le 
había advertido Ellaria Arena,  antes de despedirse del Príncipe 
Doran. —Es hora de que mis pequeñas serpientes se dispersen, 
será lo mejor para sobrevivir a la masacre.
Ellaria volvía a los dominios de su padre en Sotoinfierno. Con 
ella  iba  su hija Loreza, que había alcanzado la edad de siete 
años. Dorea permanecía en los Jardines del Agua, una niña entre 
cien. Obella iba a ser enviada a Lanza del Sol, para servir como 
copera a la esposa del castellano, Manfrey Martell.
Y Elia Arena, la mayor de las cuatro hijas que el Príncipe Oberyn 
había engendrado con Ellaria, cruzaría el  Mar de Dorne con 
Arianne. —Como una  dama, no una lanza— le había dicho su 
madre firmemente, pero como todas las Serpientes de Arena, Elia 
tenía su propia opinión.
Cruzaron las arenas en dos largos días y dos noches, parando sólo 
tres veces a cambiar de monturas. A Arianne se le antojó solitario, 
rodeada por tantos desconocidos. Elia era su prima, pero casi una 
niña, y Daemon Arena… las cosas nunca habían sido las mismas 
entre ella y el Bastardo de Bondadivina después de que su padre 
rechazara su petición de mano. «Él era un niño entonces, además
de bastardo,  no era el consorte apropiado para una princesa de 
Dorne, él lo tenía que haber sabido mejor que nadie. Y  fue la
voluntad de mi padre, no la mía.» Al resto de sus compañeros 
apenas los conocía.
Arianne  extrañaba a sus amigos. Drey y Garin y su dulce Slyva 
habían sido parte de ella desde que era pequeña, confidentes que 
habían compartido sus sueños y secretos,  animándola cuando 
estaba triste,  ayudándola a afrontar sus miedos. Uno de ellos la 
había traicionado, pero los echaba de menos a todos por igual. 
«Fue culpa mía.» Arianne los había mantenido al margen de su 
plan para huir con Myrcella Baratheon y coronarla reina, un acto 
de rebelión con el objetivo de forzar la intervención de su padre,
pero alguien se había ido de la lengua y había dado al traste con 
sus planes. La torpe conspiración no había logrado nada, aparte de 
costarle a Myrcella parte de su cara, y a Ser Arys Oakheart su 
vida.
Arianne echaba de menos también a Ser Arys, más incluso de lo 
que hubiera pensado. «Me amó locamente, se dijo, incluso cuando 
nunca fui más que su confidente. Hice uso de él en mi cama y en 
mi plan, tomé su amor y su honor, y no le di más que mi cuerpo. 
Al final él no podía vivir con lo que habíamos hecho. » ¿Por qué 
si no habría cargado su caballero blanco contra la alabarda de 
Areo Hotah, para morir de la forma que lo hizo?  «Fui una niña 
estúpida, jugando al juego de tronos como un borracho a los 
dados. »
El coste  de su error fue caro. Drey había sido enviado hasta 
Norvos, Garin exiliado a Tyrosh durante dos años, su dulce, tonta 
y sonriente Slyva entregada en matrimonio a Eldon Estermont, un 
hombre de edad suficiente como para ser su abuelo. Ser Arys 
había pagado con su sangre, Myrcella con una oreja.
Sólo Ser Gerold Dayne había escapado. Estrellaoscura. Si el 
caballo de Myrcella no lo hubiera evitado en el último instante, su 
espada larga le habría abierto  de pecho a cintura en vez de 
cortarle la oreja. Dayne era su pecado más grave, aquel del que 
Arianne más se  lamentaba. Con un golpe de su espada, había 
tornado su fallido plan en algo sucio y sangriento. Si los dioses 
eran bondadosos, Obara Arena le habría colgado en su fortaleza, 
poniéndole fin.
Le contó todo esto a Daemon Arena esa primera noche, mientras 
montaban el campamento.  —Cuidado con lo que rezáis, 
princesa— le respondió. —Estrellaoscura podría poner fin a Lady 
Obara igual de fácil.
—Ella tiene a Areo Hotah—. El capitán de la guardia del Príncipe 
Doran había  acabado con Ser Arys Oakheart con un solo golpe, 
aunque el hombre de la Guardia Real era supuestamente  uno de
los mejores caballeros del reino. —Ningún hombre puede vencer 
a Hotah.
—¿Es eso lo que es Estrellaoscura? ¿Un hombre?— Ser Daemon 
hizo una mueca. —Un hombre no le habría hecho lo que él le hizo 
a la Princesa Myrcella. Ser Gerold es más víbora que lo que 
vuestro tío nunca fue. El Principe Oberyn me avisó más de una 
vez de que era puro veneno. Es una lástima que nunca le diera por 
matarle.
«Veneno», pensó Arianne.  «Sí. Bonito veneno», pensó. Así fue 
como le había engañado. Gerold Dayne era duro y cruel, pero de 
tan hermoso aspecto que la princesa no había creído la mitad de 
las historias que había oído acerca de él. Los chicos guapos 
siempre habían sido su debilidad, particularmente aquellos  que 
tenían un lado oscuro y peligroso. «Eso era antes, cuando era sólo 
una chica», se dijo. «Ahora soy una mujer, la hija de mi padre. He 
aprendido esa lección. »
Al romper el alba se pusieron en marcha. Elia Arena guiaba el 
camino, con su negra trenza volando tras ella mientras cabalgaba 
por las secas y agrietadas llanuras y colinas. La chica estaba loca 
por los caballos, por lo que quizá a menudo olía como ellos, para 
desgracia de su madre. A veces Arianne se sentía mal por Ellaria. 
Cuatro hijas, y cada una de ellas idénticas a su padre.
El resto del grupo mantenía un paso más sosegado. La princesa se 
sorprendió cabalgando junto a Ser Daemon,  recordando otras 
cabalgadas cuando eran más jóvenes, cabalgadas que solían 
acabar en abrazos. Cuando se descubrió mirándole, alto y galante 
en su corcel, Arianne se recordó a sí misma que ella era heredera 
de Dorne, y él nada más que su escudo. —Decidme que sabéis
acerca de este Jon Connington,— le ordenó.
—Está muerto— dijo Daemon Arena.  —Murió en las Tierras 
Disputadas. De tanto beber, he oído que se dice.
— ¿Así que un muerto borracho dirige este ejército?
—Quizá este Jon Connington sea un hijo suyo. O simplemente es 
un mercenario inteligente que ha tomado el nombre de un hombre 
muerto.
—O nunca murió.— ¿Podría Connington haber fingido estar 
muerto todos estos años? Eso requeriría una paciencia digna de su
padre. El solo pensamiento la incomodó. Tratar con un hombre 
así de delicado podría ser peligroso. —¿Cómo era antes de que... 
muriese?
—Era un niño en Bondadivina que fue enviado al  exilio. Nunca 
conocí al hombre.
—Entonces decidme qué habéis oído de él.
—Como ordene mi princesa. Connington era Señor en Nido del 
Grifo cuando Nido del Grifo era un señorío que merecía la pena 
tener. Escudero del Príncipe Rhaegar, o uno de ellos. Más tarde su 
compañero y amigo. El Rey Loco le nombró mano en la Rebelión 
de Robert, pero fue derrotado en Septo de Piedra en la Batalla de 
las Campanas, y Robert se le escapó. El Rey Aerys estaba furioso, 
y mandó a Connington al exilio. Allí murió.
—O no.— El Príncipe Doran ya le había contado todo esto. Debía 
haber más. —Esas son sólo las cosas que hizo. Ya sé todo eso. 
¿Qué clase de hombre era? ¿Honesto y honorable, corrupto, 
avaro, orgulloso?
—Orgulloso, con toda certeza. Incluso arrogante. Un amigo fiel a 
Rhaegar, pero espinoso con los demás. Robert era su señor feudal, 
pero he oído que Connington  odiaba servir a un señor como él. 
Por entonces, Robert ya era conocido como un amante del vino y 
las putas.
—¿No tuvo putas Lord Jon, entonces?
—No sabría decir. Algunos hombres mantienen en secreto esos 
asuntos.
—¿Tenía esposa? ¿Amante?
Ser Daemon se encogió de hombros. —No que yo haya oído.
Eso también era problemático. Ser Arys Oakheart había roto sus 
juramentos por ella, pero no parecía que Jon Connington pudiera 
ser tentado de la misma manera.  «¿Podría enfrentarme a tal 
hombre solo con palabras?»
La princesa  permaneció en silencio, mientras cavilaba  sobre lo
que podría encontrarse al final del viaje. Esa noche, cuando 
acamparon, se deslizó dentro de la tienda que compartía con 
Jayne Ladybright y Elia Arena y sacó el pergamino de su 
envoltorio para leerlo de nuevo.
Al Príncipe Doran de la Casa Martell,
Me recordaréis, espero. Conocí bien a vuestra hermana y fui 
un leal sirviente de vuestro buen hermano. Me lamento
por ellos como haréis vos. 
No fallecí, ni tampoco el hijo de vuestra hermana.  Para 
salvar  su vida le mantuvimos  oculto, pero el tiempo de 
esconderse ha terminado. Un dragón ha vuelto a Poniente 
para reclamar su derecho por nacimiento y buscar venganza
por la muerte de su padre y de la princesa Elia, su madre.
En su nombre me dirijo a Dorne. No nos olvidéis.
Jon Connington, Señor de Nido del Grifo, Mano del 
Verdadero Rey.
Arianne leyó la carta tres veces,  luego la volvió a enrollar y la 
introdujo de vuelta en su manga.  «Un dragon ha regresado a 
Poniente, pero no  el dragon que mi padre esperaba». En ningún 
lugar se mencionaba a Daenerys de la Tormenta… ni al Príncipe 
Quentyn, su hermano, que había sido enviado a buscar a la reina 
dragón. La princesa recordó cómo su padre había  presionado la 
pieza de sitrang de ónice contra la palma de su mano,  mientras 
con  su voz ronca y tenue le confesaba su plan.  —Un largo y 
peligroso viaje, con un final incierto— dijo. —Ha partido  para 
traernos nuestro  deseo de corazón. Venganza. Justicia. Fuego y 
sangre.
Fuego y sangre era lo que Jon Connington (si era en verdad él) les 
ofrecía. ¿O no? —Trae mercernarios, pero no dragones— le había 
dicho el Príncipe Doran la noche en la que llegó el cuervo. —La 
Compañía Dorada es la mejor y mayor de las compañías libres, 
pero diez mil mercenarios no podrán esperar ganar los Siete 
Reinos. El hijo de Elia… lloraría de felicidad si alguna parte de 
mi hermana hubiera sobrevivido, ¿pero qué prueba hay de que es 
Aegon? — Su voz se rompió cuando dijo eso. —¿Dónde están los
dragones?— preguntó.  —¿Dónde está Daenerys?— y Arianne 
supo que lo que en realidad estaba diciendo era, «¿Dónde está mi 
hijo?»
En  el  Sendahueso y  en  el Paso del Príncipe, dos huestes 
dornienses se habían asentado, y allí esperaban, afilando sus 
lanzas, puliendo sus armaduras, jugando a los dados, bebiendo y
peleando, sus cifras disminuyendo día a día, esperando, 
esperando, esperando que el Príncipe de Dorne los dirigiera sobre 
los enemigos de la Casa Martell. Esperando a los dragones. 
Esperando fuego y sangre. Esperándome a mí. Una palabra de 
Arianne y esos ejércitos marcharían… siempre que esa palabra 
fuera  dragón. Si en cambio la palabra que pronunciase fuera 
guerra, Lord Yronwood,  Lord Fowler y sus ejércitos 
permanecerían en su sitio.  Si algo era el Principe de Dorne era 
sutil; aqui guerra significaba espera.
A media mañana del tercer día Colina Fantasma apareció ante 
ellos, con sus muros de color tiza blanca brillando sobre el oscuro 
azul Mar de Dorne. De las torres de la plaza en las esquinas del 
castillo ondeaban  los  estandartes de la Casa Toland; un dragón 
verde mordiendo su propia cola, sobre campo dorado. El sol y las 
estrellas de la Casa Martell pendían sobre la gran fortaleza 
central, dorado y rojo y naranja, desafiante.
Los cuervos habían volado con ventaja para avisar a Lady Toland 
de su llegada, así que las puertas del castillo estaban abiertas, y la 
hija mayor de Nymella cabalgó al encuentro junto a su 
mayordomo, cerca del pie de la colina. Alta y feroz, con un 
resplandor en su brillante pelo rojo cayendo sobre sus hombros, 
Valena Toland saludó a Arianne con un grito de, —¿Por fin has 
llegado, no? ¿Son lentos esos caballos?
—Lo suficientemente rápidos como para ganar al tuyo  hasta las 
puertas del castillo.
—Eso ya lo veremos.— Valena se volvió a su gran caballo rojizo 
y picó espuelas, dando por comenzada la carrera a través de las 
polvorientas calles del poblado al pie de la colina, mientras 
gallinas y aldeanos tropezaban por salirse de su camino. Arianne 
estaba tres cuerpos detrás cuando puso a su yegua al galope, pero 
había recortado a uno en la mitad de la cuesta. Ambas estaban 
lado a lado cuando entraron como un relámpago por la puerta de 
la guardia, pero a cinco yardas de las puertas de la ciudad Elia 
Arena vino volando desde la nube de polvo tras ellas y las pasó en 
su potra negra.
—¿Eres medio-caballo, niña?— le preguntó Valena, riendo, en el 
patio del castillo. —Princesa, ¿has traído contigo a una moza de 
cuadras?
—Soy Elia.— anunció la chica. —Lady Lanza.
Cualquiera que ostentara ese nombre tenía mucho por lo que 
responder. Como había hecho el Príncipe Oberyn, aunque la 
Víbora Roja nunca había respondido ante nadie excepto ante sí 
mismo.
—La niña caballero— dijo Valena. —Sí, he oído hablar de ti. 
Como has sido la primera en llegar, has ganado el honor de 
abrevar y cuidar a los caballos.
—Y después de eso encuentra el baño— le dijo la Princesa 
Arianne. Elia era tiza y polvo desde los tobillos hasta el pelo.
Esa noche Arianne y sus caballeros cenaron con Lady Nymella y 
sus hijas en el gran salon del castillo. Teora, la hija más joven, 
tenía el mismo pelo rojo que su hermana, pero no podrían haber 
sido más diferentes. Baja, rellenita, y tan tímida que podría haber 
pasado por muda, mostraba más interés en su ternera especiada y 
pato con miel que en los gentiles y jóvenes caballeros de la mesa, 
y parecía contenta en dejar a su señora madre y su hermana hablar 
por la Casa Toland.
—Hemos oído los mismos rumores aquí que los que vosotros 
habéis oído en Lanza del Sol— les dijo Lady Nymella mientras 
un sirviente servía el vino—. Mercenarios desembarcando en 
Cabo de la Ira, castillos siendo asediados o tomados, campos 
aprovechados o quemados. De dónde vienen estos hombres y 
quiénes son, nadie lo sabe a ciencia cierta.
—Piratas y aventureros, oímos al principio— dijo Valena.  —
Entonces se supuso que sería la Compañía Dorada. Ahora se dice 
que es Jon Connington, la Mano del Rey Loco, que ha vuelto de 
la tumba para reclamar lo que es suyo por derecho. Quienquiera 
que sea, el Nido del Grifo ha caído ante él. Aguasmil, Nido del 
Cuervo, Niebla, incluso Piedraverde en su isla. Todo tomado. —
Los pensamientos de Arianne se posaron en su dulce Slyva. —
¿Quién querría Piedraverde? ¿Hubo una batalla?
—No que hayamos oído, pero todos estos rumores son inciertos.
—Tarth ha caído también, algunos Pescadores pueden 
decírtelo.— dijo Valena. —Estos mercenarios poseen ahora casi 
todo el Cabo de la Ira y la mitad de los Peldaños de Piedra. 
Hemos oído hablar de elefantes en el bosque de lluvia.
—¿Elefantes?— Arianne no sabía qué pensar de eso.  —¿Estás 
segura? ¿No serán dragones?
—Elefantes.— dijo Lady Nymella firmemente.
—Y krakens en Brazo Roto, emergiendo de galeras hundidas—
dijo Valena. —La sangre les empuja hacia la superficie, dice 
nuestro maestre. Hay cuerpos en el agua. Unos cuantos han 
llegado a nuestras costas. Y eso no es ni la mitad de todo. Un 
nuevo pirata se ha proclamado rey a sí mismo. El Señor de las 
Aguas, se llama a sí mismo.  Tiene navíos de guerra de verdad, 
tres cubiertas monstruosamente grandes. Fuisteis sabios en no 
venir por mar. Desde que la flota de Redwyne pasó por los 
Peldaños de Piedra, esas aguas están llenas de extraños navíos, 
todo el camino al norte hasta las costas de Tarth y la Bahía de los 
Naufragios. De Myr, Volantis, Lys, incluso asaltantes de las Islas 
de Hierro. Algunos han entrado en el Mar de Dorne para 
desembarcar hombres en la costa sur del Cabo de la Ira. Hemos 
encontrado un buen barco, y rápido, como vuestro padre ordenó,
pero incluso así… tened cuidado.
—Es cierto, entonces—. Arianne quería preguntar por su 
hermano, pero su padre había le había recomendado en medir 
cada palabra. Si estos navíos no han traído a Quentyn a casa de 
nuevo con su reina dragón, mejor no mencionarle. Sólo su padre y 
unos pocos de sus mejores confidentes sabían acerca de la misión 
de su hermano en la Bahía de los Esclavos. Lady Toland y sus 
hijas no estaban entre ellos. Si fuera Quentyn, habría traído a 
Daenerys de vuelta a Dorne, sin lugar a dudas.  ¿Por qué se 
arriesgaría a desembarcar en el Cabo de la Ira, en medio de los 
señores de la tormenta?
—¿Está Dorne amenazada?— preguntó Lady Nymella.  —Lo 
confieso, cada vez que veo un navío desconocido se me pone el 
corazón en la garganta. ¿Qué pasaría si estos navíos se dirigieran 
al sur? La mejor parte de la fuerza de Toland está con Lord 
Yronwood en el Sendahueso. ¿Quién defenderá Colina Fantasma 
si estos extraños desembarcan en nuestras costas? ¿Debería llamar 
a mis hombres a casa?
—Vuestros hombres son necesarios donde están, mi señora.— le 
aseguró Daemon Arena. Arianne estuvo rápida en asentir. 
Cualquier otro consejo bien podría hacer que la hueste de Lord 
Yronwood se deshilachase como un viejo tapiz si cada hombre 
volviera a casa para proteger sus propias tierras contra supuestos 
enemigos que podrían o no podrían venir jamás. —Una vez que 
sepamos sin duda si son amigos o enemigos, mi padre sabrá qué 
hacer, — dijo la princesa.
Fue entonces cuando la dulce, rechoncha Teora alzó sus ojos de 
las tartas de crema en su plato. —Son dragones.
—¿Dragones?— dijo su madre. —Teora, no seas loca.
—No lo soy. Vienen.
—¿Cómo podrías tú saber eso?— le preguntó su hermana, que 
una nota de burla en su voz. —¿Uno de tus pequeños sueños?
Teora asintió débilmente, su mandíbula temblaba.  —Estaban 
bailando. En mi sueño. Y allí donde los dragones bailaban la 
gente moría.
—Los Siete nos protejan.— Lady Nymella suspiró 
exasperadamente.  —Si no comieras tantas tartas de crema no 
tendrías esos sueños. Las comidas ricas no son para chicas de tu 
edad, cuando tus humores están desbalanceados. El maestre 
Toman dice ...
—Odio al maestre Toman.— dijo Teora. Entonces se levantó de 
la mesa, dejando que su señora madre diera las disculpas por ella.
—Sed gentil con ella, mi señora.— dijo  Arianne.  —Recuerdo 
cuando yo tenía su edad. Mi padre estaba desesperado conmigo, 
estoy segura.
—Puedo atestiguar eso.— Ser Daemon tomó un sorbo de vino y 
dijo, —La Casa Toland tiene un dragón en sus estandartes.
—Un dragon comiéndose su propia cola, sí.— dijo Valena. —
Desde los días de la Conquista de Aegon. No conquistó esta 
ciudad. En cualquier lugar quemaba a sus enemigos, él y sus 
hermanas, pero nosotros nos desvanecimos antes que eso, dejando 
sólo piedra y arena que pudiera quemar. Una y otra vez vinieron 
los dragones, mordiéndose sus colas en busca de algo de comer, 
hasta que estuvieron enredados en nudos.
—Nuestros antepasados tomaron su parte en eso.— dijo 
orgullosamente Lady Nymella. —Valientes hazañas se realizaron, 
y hombres valientes murieron. Todo esto fue escrito por los 
maestres que nos sirvieron. Tenemos libros, si  mi princesa 
quisiera saber más.
—Quizá en otra ocasión.— dijo Arianne.
Mientras Colina Fantasma dormía esa noche, la princesa se 
protegió del frío en una capa con capucha y anduvo por las 
almenas del castillo para despejar sus pensamientos. Daemon 
Arena la encontró apoyada en un parapeto escrutando el mar, 
donde la luna bailaba en el agua.
—Princesa.— dijo. —Deberíais estar en la cama.
—Podría decir lo mismo de vos.— Arianne se volvió para mirarle 
a la cara. Una bonita cara. El chico que conocí se ha convertido en 
un hombre apuesto. Sus ojos eran tan azules como el cielo del 
desierto, su pelo del marrón claro de las arenas que habían 
cruzado. Una barba corta seguía hasta una mandíbula fuerte que 
no ocultaba los hoyuelos al sonreír. Siempre he amado su sonrisa.
El bastardo de Bondadivina era una de las mejores espadas de 
Dorne, como debía esperarse de alguien que había sido el 
escudero del Príncipe Oberyn y había recibido su título de 
caballero de la misma Víbora Roja. Algunos decían que había 
sido el amante de su tío también, pero rara vez a su cara
no sabía la verdad acerca de eso. Había sido su amante, también. 
A los catorce años ella le había entregado su virginidad. Daemon 
no era mucho mayor entonces, así que sus relaciones habían sido 
tan torpes como ardientes. Aún así, había sido dulce.
Arianne le dio su más seductora sonrisa. —Podríamos compartir 
una cama juntos.
La cara de Ser Daemon era de piedra.  —¿Lo habéis olvidado, 
princesa? Soy un bastardo. — Puso su mano en la de él. —Si no 
soy digno de esta mano, ¿cómo puedo ser digno de vuestro coño?
Ella apartó su mano. —Os merecéis una bofetada por eso.
—Mi cara es vuestra. Haced lo que os plazca.
—Lo que me place a vos no, parece. Así sea. En vez de ello 
hablad conmigo. ¿Podría este ser el verdadero Príncipe Aegon?
—Gregor Clegane arrancó a Aegon de los brazos de Elia y 
reventó su cabeza contra un muro.— dijo Ser Daemon. —Si el 
príncipe de Lord Connington tiene la cabeza quebrada, creeré que 
Aegon Targaryen ha vuelto de la tumba. En caso contrario, no. 
Este es un falso chico, nada más. Un plan de un mercenario para 
ganar apoyos.
Mi padre teme lo mismo.  —Si no… si este en verdad es Jon 
Connington, si el chico es el hijo de Rhaegar…
—¿Tenéis esperanzas de que lo sea, o de que no?
—Yo… daría una gran felicidad a mi padre que el hijo de Elia 
estuviera todavía vivo. Quería mucho a su hermana.
—Pregunté acerca de vos, no de vuestro padre.
Así era. —Tenía siete años cuando Elia murió. Dicen que sostuve 
a su hija Rhaenys una vez, cuando era demasiado joven para 
recordar. Aegon será un extraño para mí, sea  el verdadero o no.
— La princesa hizo una pausa.  —Buscamos a la hermana de 
Rhaegar, no a su hijo. — Su padre había confiado en Ser Daemon 
cuando le eligió para ser el escudo de su hija; con él al menos 
podría hablar con libertad. —Preferiría que fuera Quentyn quien 
hubiese regresado.
—Eso es lo que decís, — dijo Daemon Arena. —Buenas noches, 
princesa.— Se inclinó ante ella, y la dejó allí.
«¿Qué quería decir con eso?» Arianne le observó alejarse. «¿Qué 
clase de hermana sería yo, si no quisiera a mi hermano de 
vuelta?» Era cierto, estaba resentida con Quentyn por todos esos 
años que había pensado que su padre le iba a nombrar heredero en
lugar de ella, pero eso había sido sólo un malentendido. Ella era la 
heredera de Dorne, tenía la palabra de su padre. Quentyn podia 
tener su reina dragon, Daenerys.
En Lanza de Sol había un retrato de la Princesa Daenerys que 
había llegado a Dorne para casarse con uno de los antepasados de 
Arianne. En sus más tempranos días, Arianne había pasado horas 
mirándolo, cuando era sólo una rechoncha chica de pecho plano 
en la cúspide de su doncellez que rezaba todas las noches a los 
dioses para que la hicieran guapa. Hacía cien años, Daenerys 
Targaryen vino a Dorne para firmar la paz. Ahora otra llegaba 
para hacer la guerra, y mi hermano será su rey y consorte. El Rey 
Quentyn. ¿Por qué sonaba tan tonto?
Casi tan tonto como Quentyn montando en un dragón. Su 
hermano  era un chico formal, bien formado y obediente, pero 
aburrido. Y simple, muy simple. Los dioses le habían dado 
a Arianne la belleza por la que había rezado, pero Quentyn debía 
haber rezado por algo diferente. Su cabeza era alargada y con 
forma de cuadrado, su pelo del color del barro seco. Sus hombros 
abultados, y era demasiado grueso por el centro. Se parecía 
mucho a Padre.
—Quiero a mi hermano— dijo Arianne, pero sólo la luna pudo 
oírla. Aunque la verdad sea dicha, apenas le conocía. Quentyn 
había sido adoptado por Lord Anders de la Casa Yronwood, el 
Sangrereal, el hijo de Lord Ormond Yronwood y nieto de Lord 
Edgar.  En su juventud su tío Oberyn había luchado en duelo con 
Edgar, al que hizo una herida que se le infectó y mato. Después de 
eso, los hombres le llamaron “la Vibora Roja”, y hablaban de 
veneno en su espada. Los Yronwood eran una casa antigua, 
orgullosa y poderosa. Antes de la venida de los Rhoynar habían 
sido reyes de la mitad de Dorne, con dominios que 
empequeñecían los de la Casa Martell. El feudo de sangre y la 
rebelión pudieron seguramente haber seguido con la muerte de 
Lord Edgar, si su padre no hubiera actuado de inmediato. La 
Víbora Roja fue a Antigua, desde allí a través del Mar Angosto 
hasta Lys, aunque ninguno se atrevió a llamarlo exilio. Y a su 
debido tiempo, Quentyn fue enviado a Lord Anders como 
huésped en señal de confianza.
Eso ayudó a cerrar las rencillas entre Lanza del Sol y Yronwood, 
pero había abierto otras nuevas entre Quentyn y las Serpientes de 
Arena... y Arianne había estado siempre más cerca de sus primas 
que de su hermano distante.
—Seguimos siendo la misma sangre— susurró. —Por supuesto 
que quiero a mi hermano en casa. Lo quiero en casa—. El viento 
del mar le puso la piel de gallina en los brazos. Arianne se cubrió 
con la capa, y fue a buscar su cama.
Su barco se llamaba el Peregrino. Partieron al amanecer. Los 
dioses fueron bondadosos con ellos, pues el mar estaba calmado. 
Incluso con el viento enviado por los dioses, cruzar les costó un 
día y una noche. Jayne Ladybright tenía el rostro verdoso y pasó 
la mayoría del viaje vomitando, lo que Elia Arena parecía 
encontrar desternillante.
—Alguien necesita azotar a esa niña— se le oyó decir a Joss 
Hood… pero Elia estaba entre quienes lo oyeron.
—Soy casi una mujer, ser— respondió altivamente. —Os dejaré 
azotarme a mi… pero primero combatir conmigo, y desmontarme
de mi caballo.
—Estamos en un barco, y sin caballos— respondió Joss.
—Y las señoritas no justan— insistió Ser Garibald Shells, un 
hombre de lejos más serio y apropiado que su compañero.
—Sí que justo. Soy la Dama Lanza.
Arianne había oído suficiente. —Puede que seas una lanza, pero 
no eres una dama. Ve abajo y permanece allí hasta que lleguemos 
a tierra.
Aparte de esto el viaje no tuvo más eventos dignos de mención. 
Al atardecer divisaron una galera en la distancia,  con sus remos 
alzándose y cayendo contra las estrellas de la tarde, pero se 
alejaba de ellos, y pronto lo perdieron de vista. Arianne jugó una 
partida de sitrang con Ser Daemon, y otra con Garibald Shells, y 
de alguna forma se las arregló para perder ambas. Ser Garibad fue 
suficientemente amable para decir que había jugado una galante 
partida, pero Daemon se burló de ella.  —Tenéis otras piezas 
aparte del dragón, princesa. Prueba a moverlas alguna vez.
—Me gusta el dragón—. Ella quiso abofetear su cara. O besarla 
en su lugar. El hombre era tan presumido como cómico. De todos 
los caballeros en Dorne, ¿por qué mi padre eligió a este para ser 
mi escudo? Conoce nuestra historia.  —Es sólo un juego. 
Habladme del Príncipe Viserys.
—¿El Rey Mendigo?— Ser Daemon parecía sorprendido.
—Todo el mundo dice que el Príncipe Rhaegar era hermoso. ¿Era 
Viserys hermoso también?
—Supongo. Era un Targaryen. Nunca vi a ese hombre.
El pacto secreto que el Príncipe Doran había hecho todos esos 
años era casar a Arianne con Viserys, no a Quentyn con 
Daenerys. Todo se había  deshecho en el Mar Dothraki, cuando 
fue asesinado. Coronado con un caldero de oro fundido. —Fue 
asesinado por un khal Dothraki—, dijo Arianne. —El marido de 
la propia reina dragón.
—Eso he oído. ¿Y qué?
—Sólo… ¿por qué Daenerys dejó que pasara? Viserys era su 
hermana. Todo lo que quedaba de su propia sangre.
—Los Dothraki son un pueblo salvaje. ¿Quién puede saber por 
qué matan? Quizás Viserys se limpió  el culo con la mano 
equivocada.
Quizá, pensó Arianne, o quizá Daenerys se dio cuenta de que una 
vez su hermano fuera coronado y casado conmigo, ella se vería 
condenada a pasar el resto de su vida durmiendo en una tienda y 
oliendo a  caballo.  —Ella es la hija del Rey Loco— dijo la 
princesa. —¿Cómo sabemos ….?
—No  podemos saberlo— dijo Ser Daemon.  —Sólo podemos esperar.

Traducido gracias a Robert Baratheon de www.lossietereinos.com
http://lossietereinos.com/el-capitulo-de-arianne-de-vientos-de-invierno-en-espanol/

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